La esposa del Coronel Durham.
Navegamos entre las nubes con una total parsimonia, como si el tiempo ralentizado por algun sueño gozoso, estuviera a punto de detenerse. La ventanilla esta sembrada por finas gotas de lluvia, quizas las nubes esten empapadas de lagrimas al advertir desde su privilegiada altura, el horror que dejamos atras.
Colgados entre el cielo y la tierra, entre el cielo y el infierno, en el mas profundo silencio inusualmente roto por un ronquido lastimero, cruzamos el Atlantico de vuelta a casa, a la paz, al olvido.
Dejamos atras una negra nube envuelta en su particular batalla con Eolo, y luego, de nuevo el Sol, incluso en ocasiones algun claro nos permite ver el Oceano, un inmenso espacio azul siempre en tensa calma.
Hace ya cuatro largos años que no veo el dulce rostro de Emma, se que me estara esperando en la cama, entre calientes y humedas sabanas de algodon, le ha vuelto loca la idea de dejar Detroit, e instalarnos en alguna granja del Oeste donde crezcan nuestros hijos. Pero antes de nuestro encuentro desembarcare en Nueva Orleans a cumplir la promesa que hice al Coronel Durham.
Me es bastante dificil relatar esta historia, y aun mas hacer un balance real de lo sucedido, vuelvo a casa con varias medallas, los galones de Sargento que gane en Nuremberg en los juicios por crimenes contra la humanidad, las lagrimas que vi derramar al General Eisenhower ante las montañas de cadaveres de Bergen-Belsen, y sobre todo y ante todo, al Coronel Durham.
Desde que murio entre mis brazos en la batalla de Las Ardenas, he investigado mucho sobre el pasado del Coronel, que me fascino a medida que me sumergi en el, ademas de ser el mas joven Coronel del Ejercito, con veintisiete años, tenia el Corazon Purpura por haber sido herido en combate, mas treinta y ocho menciones al valor desde el desembarco de Normandia. Su valentia, casi suicida, llego a oidas incluso de Patton, que reparo en el, tenia una brillante carrera ante si, carrera que se vio truncada por su muerte, de la que fui testigo.
Lucho con un coraje y un arrojo casi inconcebible ante la Division SS Adolf Hitler, que extermino a todo su Regimiento cerca de Bastogne, incluyendo a los heridos. Reagrupo a poco mas de una seccion, que en manos de otro hombre hubiera huido presa del panico, pero que bajo sus ordenes contuvo a los Panzer durante dos dias, aun estando el Coronel ya herido de muerte.
Cuando llegamos a los supervivientes, que le rodeaban ya moribundo sobre la nieve, ordeno, con la autoridad moral que le daba su rango y su bravura, que atendieran primero a sus hombres, a lo que yo me negue. En ese instante, una tenaza de hierro me asio el brazo, un intenso duelo de miradas me hizo sucumbir, no tenia un rostro agraciado, pero su fuerza y seduccion era tal que nadie nunca hubiera podido negarle nada.
Ya entre mis brazos, con todo su pecho izquierdo abierto, y respirando la sangre que burbujeaba entre las heridas de la metralla, me rogo que localizara a su mujer, una gran dama del sur llamada Madeleine, el amor de su vida, alcanzo a susurrar que estaba orgulloso de nuestro trabajo, y que todos juntos derrotariamos a la Bestia.
Lentamente fue invadido por un profundo sopor que le llevo a una muerte dulce, no sin antes asegurarse de que habian rechazado a los Nazis, llore desconsoladamente esa perdida, una imagen, como la de aquel bebe Judio en Dachau, esqueletico, succionando en el suelo el pezon de su madre muerta, como un animal, sin vestigios ya de dignidad humana, que permaneceran imborrables en mi memoria.
Carteandome desde Alemania con Madeleine Durham, supe que su marido habia sido un idealista toda su vida, que ese idealismo le llevo a España a luchar contra Franco, que su familia estuvo a punto de desheradarlo por su apoyo a los sindicatos negros del algodon, y se rumoreo incluso que era Comunista. A titulo postumo se le concedio el rango de General, y su cuerpo exhumado en Belgica, fue enterrado en Arlintong como heroe nacional.
Al desembarcar en Nueva Orleans me dirigi en taxi a Libertad, la mansion familiar del Coronel, en el centro de una gran plantacion, un lugar de una belleza indescriptible, donde los nenufares del estanque se asemejaban a Angeles del Paraiso. Un mayordomo de librea me hizo pasar a un inmenso salon, donde fui recibido por Madeleine Durham, que al verme grito, sin duda embargada por la emocion.
-¡Que hace aqui ese negro de mierda!
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